SOY UN GALGO

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Hola, buenos días, soy un galgo. Uno de otr@s much@s vist@s meramente como útiles de caza y carreras. Muchos de ustedes me ignorarán, no me conocerán, no me ayudarán, verán que lo que vivo es normal. Lo que nunca verán es que sufro. Otr@s haréis la vista gorda, no os meteréis por evitaros problemas, pero mientras, sigo sufriendo.

Mi vida siempre ha sido muy complicada, desde que nací cumplo una condena. ¿Mi crimen? Ser un lebrel. Al igual que la de mis compañer@s, mi vida comienza junto a mi madre, utilizada solo para tenerme a mí y a much@s hermanit@s, toda su vida, hasta que no puede más y es desechada.

En cuanto puedo comer solo, empieza mi “entrenamiento”. Solo quieren que sea el más rápido, el más veloz, el que más cace. Lo que no saben es que yo no quiero cazar, yo no quiero matar; yo lo que quiero es jugar y correr con otr@s perr@s. Yo lo que quiero, es un hogar.

Tras cada día de duro entrenamiento, en el que mis almohadillas acaban abrasadas, mis patas doloridas y mi corazón acelerado, creen que con unos meros líquidos antisépticos todo se cura. Lo que no se cura es la herida del corazón, esa herida creada con cada golpe que recibo por no ser el mejor, con cada desprecio por no obedecer rápido.

Las noches son muy largas y el invierno muy frío en esas naves, lo más parecido a una casa que he conocido. Nos guardan como si fuéramos cosas. Almacenad@s, esperando un nuevo día, con comida de mala calidad y agua. Si se acaba nos aguantamos, porque no sabemos cuándo volverán a sacarnos. Somos solo el hobby de un@s desalmad@s, conocidos vulgarmente como galguer@s.


En estas naves nos esperan dos destinos: ser usados a su gusto hasta que nuestras patas no puedan más, o nuestro corazón no aguante; o ser robad@s por otr@s galguer@s que nos utilizarán para lo mismo.

He visto compañer@s mí@s acabar colgad@s, tirotead@s, apalead@s, tirad@s a la calle o llevad@s a lugares de los que nunca vuelven. Así que cada día que regresan l@s human@s, tengo miedo, mucho miedo. No sé si ese día el que no volverá seré yo. Este miedo me hace correr más, cazar más, aunque no pueda; yo quiero vivir.

Un día, yendo en los remolques en los que vamos hacinad@s, tras las rejillas, vi a un galgo lustroso, paseando, moviendo la cola, junto a l@s que debían ser sus amig@s human@s. No podía creerlo. ¿Cómo se consigue eso? ¿Por qué yo estoy aquí? Desde ese día sólo tengo un deseo, quiero ser un perro de casa, no de caza.

María Jesús Serrano Chávez 

Devolviendo la dignidad.

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Esta es una historia de la vida real, muy bonita, que tenemos el gusto de compartir con vosotr@s.

Hace dos años, a mediados de 2014, Natalia era voluntaria de un refugio de animales y sacaba de paseo a los perros por el campo. Un día, los perros se acercaron a una finca, donde se oían ladridos. Para sorpresa de Natalia, al acercarse habían zulos fabricados de cemento con puertas de metal, cerradas con cadenas y candados. Dentro, varios perros. Le llamó poderosamente la atención una perrita podenca que no llegaba al año, atada con una gruesa cadena del collar a la pared. Esta cadena apenas le permitía sentarse. Así dormía, excretaba y quién sabe….si comía.

Durante tres meses, ésta imagen aparecía en su mente constantemente, soñaba con liberarlos y también protagonizaban sus pesadillas.

A Natalia, incansable luchadora por los animales, se le encendió la idea y nos dijo a tres compañeras…

- ¿Me ayudáis a rescatar la podenca? No puede esperar más, comienza la temporada de caza y tengo el plan perfecto.

Nos miramos, y vimos en sus ojos verdes un reflejo de esperanza y ansias de justicia que nos llegó directo al corazón.

Esa mañana de sol, era ajetreada, acudíamos a la manifestación de No a la Caza en el centro de Madrid. Cuando acabó sabíamos que nos ocupaba. Llegamos, entramos, nadie ladró. Vimos que la podenca tenía tres cachorros, no podíamos dejarles ahí, Quitamos cadenas y con la sensación más hermosa que se puede sentir…corrimos, asustadas pero riendo por el campo.

Una madre con tres cachorros de podenco, uno de ellos Ratón. Sus dos hermanas fueron felizmente adoptadas. Lola, la mamá, por un compañero. Gracias a  Natalia por preocuparse y hacer justicia, a las familias adoptantes, a las casas temporales, a cada difusión para encontrales hogar y a todas las personas implicadas y comprometidas que ponen su grano de arena por un mundo más justo para los animales. GRACIAS!



Ratón nos ha visto escribir su historia. Desde su hogar feliz nos envía éste mensaje de Navidad, agradecido por darle la oportunidad de devolverle la dignidad a toda su familia. Nos recuerda que en estas navidades no hay que comprar animales, hay que adoptar y darle hogar a quien más lo necesite.

¡¡¡Felices Fiestas y Felíz Navidad !!!

Concienciar.

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Concienciar. Esa debe ser unas de las prioridades para poder evolucionar y acabar con el abandono. Concienciar a la sociedad sobre la situación actual en las protectoras que cada día luchan por salvar a los animales rescatados.



Protectoras como Ciudad Animal, situada en la provincia de Ciudad Real en pleno epicentro del abandono de perros de caza, donde indeseables explotan sus galgos, podencos, bracos, bodegueros y bretones,  y cuando deciden que ya no son útiles les abandonan a su suerte. Bajo el sol abrasador y las frías noches, sin alimento, sin agua, sin dignidad.


Y allí Ciudad Animal con pocos recursos pero con una voluntad de hierro los rescata, cura, cuida y alimenta. Les devuelve la esperanza, la vida y la dignidad para finalmente encontrarles la familia que se merecen.


Ciudad Animal tiene más de 200 perros rescatados repartidos en su refugio y las casas de acogida. 200 ángeles de cuatro patas con un futuro por delante gracias a las voluntarias de esta protectora. Muchos encuentran un hogar, algunos galgos incluso fuera de nuestras fronteras pero otros tantos, sobre todo mestizos, se vuelven invisibles, pasan los años y siguen esperando una oportunidad.
Una visita a Ciudad Animal es una visita a los cimientos de la recuperación de los animales abandonados, más de 200 perros que corren a saludar, a mostrar lo mejor de sí mismos, para convencerte que ellos sin duda serán tu mejor amigo. Y así será.


UN BOSQUE SIN NOMBRE

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Un fuerte hedor, seguido de un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo, terminó con mi paseo matinal.

Era un día soleado, me había levantado con especial alegría, el verano rebosaba vida y con él, mi pasión por vivir. Múltiples seres compartían mi caminata haciéndola más agradable y placentera. El monte verde embriagaba mis sentidos.

Cerca de mí, olfateaban despreocupados, como si el mañana no existiera, dos entrañables amigos. Yo bípedo, ellos cuadrúpedos, los tres agasajados por un sol que apenas entendemos.

Al poco de cruzar el río, mis compañeros, guiados por ese sexto sentido que tanto deseamos poseer los humanos, y jamás tendremos, temblaban petrificados, con el rabo entre las piernas, me miraban, quizás buscando una explicación que no podía darles, o simplemente para sentirme cerca.

A mi alrededor, las hojas ya no eran tan verdes, el canto de los pájaros sonaba a un triste adagio, a despedida y fin.
Mi dolor se materializó en una cronestesia atemporal convertida en un Upsala eterno.

<< Decenas de cadáveres, algunos apenas sin oportunidad de llegar a ser mujeres ni hombres, colgaban de centenarios y majestuosos árboles, algunos sin ojos, otros sin extremidades, todos me observaban y chillaban.
Sentía frío, el sol me había abandonado, haciendo más gélidas las gotas de sangre que recorrían mi cuerpo desnudo. 
Mientras anudaban la áspera cuerda a mi cuello descubrí que mis mejores amigos estaban siendo atravesados desde el ano hasta la boca, por un afilado hierro, giraban y giraban. Risas y olor a quemado fueron las últimas sensaciones que sentí antes de caer en el letargo del que ya no desea entender, solo morir>>

El hedor me devolvió al presente, un compañero colgado por una soga ensangrentada, me miraba y parecía chillarme.

Aún aturdido, incrédulo. Me acerqué despacio a su cuerpo inerte, cerré sus ojos y su boca cubierta por una capa pardusca de sangre y babas secas. 

El sonido de mis uñas rasgando la cuerda que aprisionaba su cuello, ahogaba el viento, que un intento de ayudarme, calmaba el dolor de mis dedos, de mi corazón.

Cinco minutos de nuevo, cinco minutos para acabar lo que otro humano sin empatía ni conciencia comenzó. Viviendo cada instante de su dolor, el miedo al ser elevado, los primeros gemidos de desesperación, como el calor se sube a la cabeza, los oídos dejan de funcionar y parece que van a explotar, las patas se vuelven piedras que cortan los músculos. Todo esto hasta perder el conocimiento ante la falta de oxígeno en los pulmones, terrible agonía el "bailar sobre la cuerda" en un intento desesperado por salir del propio cuerpo, hasta terminar asfixiado.
Al finalizar de cavar, me derrumbé, caí de espaldas sobre el montón de tierra que iba a ser la última morada de mi compañero. La soga rasgada aún se movía, recordándome que en algún otro lugar, no muy lejos de allí, a otro compañero, se le estaría anudando otra cuerda al cuello.

De nuevo llantos, ya no distinguía si provenían de mi cuerpo, de mi mente, o del cadáver que yacía a mi lado. Mis inseparables amigos, que habían vivido todo el proceso con la tristeza y curiosidad que se siente ante la muerte de un igual, arrastraban un saco marrón y sucio. Al abrirlo, varios ojos observándome asustados.

- No tengáis miedo, ya tenéis una familia- les susurré mientras sus pequeñas y gráciles lenguas me daban la bienvenida a su nueva vida.


Relato: Sergio M. 
Dibujo: Chema Lera


Una agonía silenciada.

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Cada día, millones de animales mueren por envenenamiento en todo el mundo. Son tantos, que ya parece hasta normal, y como las mal denominadas “mascotas”, sólo son eso, útiles, no hay más que comprarse otro y ya está, como quien renueva la televisión.

Lo que mucha gente no sabe, o más bien, no llega a entender, es el sufrimiento y agonía por la que pasa todo aquel animal que de una manera u otra acabe ingiriendo los vulgarmente denominados “raticidas”. Probablemente, la causa de la incomprensión sea la falta de empatía, ante un hecho al que se está muy acostumbrado, sobre todo en zonas rurales, donde es el pan de cada día colocar estas trampas mortales a diestro y siniestro.

Primero, debemos entender que las responsables de las plagas, no son ni las ratas ni los ratones, somos nosotr@s, l@s seres human@s los que con nuestra gran acción sobre la naturaleza, condicionamos la existencia de dichas “plagas”, que después asesinam@s como si fuéramos l@s dueñ@s y señores del planeta, cuando la mayor plaga que existe, somos nosotr@s mism@s.
Segundo, l@s animales no human@s, evidentemente, no tienen porque conocer nuestras “tecnologías”, y tendemos a culparl@s a ell@s de lo que les ocurra: “ay, yo no lo atropellé, fue él el que se me cruzó, es tonto, ¿no ve que vengo con un coche?” “yo dejé el raticida en la ventana y el gato se subió a comérselo…cómo si no le diera de comer”. Todas estas frases las escuchamos cada día y son meras excusas para no aceptar las culpas de nada, nunca.

Por otra parte, la mayoría de est@s animales que acaban envenenados, mueren de una forma lenta, solos, y agonizando hasta su último aliento; ya que, para quien no lo sepa, los raticidas son anticoagulantes, es decir, producen pequeñas hemorragias por todo el cuerpo que no paran de sangrar, hasta que se mueren, DESANGRAD@S POR DENTRO. Por otra parte, los más frecuentes puntos de inicio de las hemorragias son los pulmones, así que añadido a la agonía de la hemorragia, está el estrés producido por no poder respirar, ya que estos se llenan de líquido (sangre). 

Lo más peligroso de todo, es que muchas veces, al detectar los síntomas, ya es demasiado tarde, y el animal, sea cual sea, exhala hasta su último aliento de la forma más horrible que se pueda imaginar.
 
Poneros un momento en la piel de cualquiera de estos animales, ya sean “mascotas” o roedores, ¿es horrible verdad? Pero muchos diréis, son animales solamente, no importan. Pues os diré que, dejando a un lado el hecho importante de que tod@s somos animales, es decir, tenemos el mismo valor, un@s que otr@s; estos raticidas también pueden ser ingeridos por vuestr@s hij@s, sobrin@s y niet@s, ya que se colocan hasta en parques. Así que si os da tanto miedo para ell@s, ¿por qué se lo hacéis pasar a vuestr@s semejantes?

En definitiva, los raticidas son un arma que se emplea para asesinar lo que el propio “humano” creó, y que poco a poco se va volviendo contra nosotr@s, afectando a nuestr@s animales de compañía y poniendo en peligro a l@s más pequeños. Ahora, pensároslo dos veces al ir a colocar uno, porque la próxima víctima podría estar en vuestras casas.

-MªJesús Serrano Chávez-

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